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jueves, 9 de agosto de 2012




Bertrand Russell: sobre el amor


Uno
de los capítulos más patéticos del señor Krutch trata del tema
del amor. Parece que los Victorianos tenían un concepto muy elevado
del amor, pero que nosotros, con nuestra sofisticación moderna, lo
hemos perdido. «Para los Victorianos más escépticos, el amor
cumplía algunas de las funciones del Dios que habían perdido. Ante
él, muchos, incluso los más curtidos, se volvían místicos por un
momento. Se encontraban en presencia de algo que despertaba en ellos
esa sensación de reverencia que ninguna otra cosa produce, algo ante
lo que sentían, aunque fuera en lo más profundo de su ser, que se
le debía una lealtad a toda prueba. Para ellos, el amor, como Dios,
exigía toda clase de sacrificios; pero, también como Él, premiaba
al creyente infundiendo en todos los fenómenos de la vida un
significado que aún está por analizar. Nos hemos acostumbrado —más
que ellos— a un universo sin Dios, pero aún no nos hemos
acostumbrado a un universo donde tampoco haya amor, y sólo cuando
nos acostumbremos nos daremos cuenta de lo que significa realmente el
ateísmo». Es curioso lo diferente que parece la época victoriana a
los jóvenes de nuestro tiempo, en comparación con lo que parecía
cuando uno vivía en ella. Recuerdo a dos señoras mayores, ambas
típicas de ciertos aspectos del período, que conocí cuando era
joven. Una era puritana y la otra seguidora de Voltaire. La primera
se lamentaba de que hubiera tanta poesía que trataba del amor,
siendo éste, según ella, un tema sin interés. La segunda comentó:
«De mí, nadie podrá decir nada, pero yo siempre digo que no es tan
malo violar el sexto mandamiento como violar el séptimo, porque al
fin y al cabo se necesita el consentimiento de la otra parte».
Ninguna de estas opiniones coincidía con lo que el señor Krutch
presenta como típicamente Victoriano. Evidentemente, ha sacado sus
ideas de ciertos autores que no estaban, ni mucho menos, en armonía
con su ambiente. El mejor ejemplo, supongo, es Robert Browning. Sin
embargo, no puedo evitar estar convencido de que hay algo que atufa
en su concepto del amor.





Gracias
a Dios, la más ruin de sus criaturas


puede jactarse de tener dos
facetas en su alma:


una con la que se enfrenta al mundo


y otra que
mostrar a una mujer cuando la ama.





Esto
da por supuesto que la combatividad es la única actitud posible
hacia el mundo en general. ¿Por qué? Porque el mundo es cruel,
diría Browning. Porque no te aceptará con el valor que tú te
atribuyes, diríamos nosotros. Una pareja puede formar, como hicieron
los Browning, una sociedad de admiración mutua. Es muy agradable
tener a mano a alguien que siempre va a elogiar tu obra, tanto si lo
merece como si no. Y no cabe duda de que Browning se consideraba un
buen tipo, todo un hombre, cuando denunció a Fitzgerald en términos
nada moderados por haberse atrevido a no admirar a Aurora Leigh. Pero
no me parece que esta completa suspensión de la facultad crítica
por ambas partes sea verdaderamente admirable. Está muy relacionada
con el miedo y con el deseo de encontrar un refugio contra las frías
ráfagas de la crítica imparcial. Muchos solterones aprenden a
obtener la misma satisfacción en su propio hogar. Yo viví demasiado
tiempo en la época victoriana para ser moderno según los criterios
del señor Krutch. No he dejado de creer en el amor, ni mucho menos,
pero la clase de amor en que creo no es del tipo que admiraban los
Victorianos; es aventurero y siempre alerta, y aunque es consciente
de lo bueno, eso no significa que ignore lo malo, ni pretende ser
sagrado o santo. La atribución de estas cualidades al tipo de amor
que se admiraba fue una consecuencia del tabú del sexo. Los
Victorianos estaban plenamente convencidos de que casi todo el sexo
es malo, y tenían que aplicar adjetivos exagerados a las modalidades
que podían aprobar. Había más hambre de sexo que ahora, y esto,
sin duda, hacía que la gente exagerara la importancia del sexo, como
han hecho siempre los ascéticos. En la actualidad, atravesamos un
período algo confuso, en el que mucha gente ha prescindido de los
antiguos criterios sin adoptar otros nuevos. Esto les ha ocasionado
diversos problemas, y como su subconsciente, en general, sigue
creyendo en los viejos criterios, los problemas, cuando surgen,
provocan desesperación, remordimiento y cinismo. No creo que sea muy
grande el número de personas a las que les sucede esto, pero son de
las que más ruido hacen en nuestra época. Creo que si comparásemos
la juventud acomodada de nuestra época con la de la época
victoriana, veríamos que ahora hay mucha más felicidad en relación
con el amor, y mucha más fe auténtica en el valor del amor que hace
sesenta años. Las razones que empujan al cinismo a ciertas personas
tienen que ver con el predominio de los viejos ideales sobre el
subconsciente y con la ausencia de una ética racional que permita a
la gente de nuestros días regular su conducta. El remedio no está
en lamentarse y sentir nostalgia del pasado, sino en aceptar
valerosamente el concepto moderno y decidirse a arrancar de raíz, en
todos sus oscuros escondites, las supersticiones oficialmente
descartadas.





No
es fácil decir en pocas palabras por qué valora uno el amor; no
obstante, lo voy a intentar. El amor hay que valorarlo en primer
lugar —y este, aunque no es su mayor valor, es imprescindible para
todos los demás— como fuente de placer en sí mismo.





¡Oh,
amor! Qué injustos son contigo


los que dicen que tu dulzura es
amarga,


cuando tus ricos frutos son de tal manera


que no puede
existir nada tan dulce.





El
autor anónimo de estos versos no buscaba una solución para el
ateísmo, ni la clave del universo; estaba simplemente pasándoselo
bien. Y el amor no sólo es una fuente de placer, sino que su
ausencia es una fuente de dolor. En segundo lugar, el amor hay que
valorarlo porque acentúa todos los mejores placeres, como el de la
música, el de la salida del sol en las montañas y el del mar bajo
la luna llena. Un hombre que nunca haya disfrutado de las cosas
bellas en compañía de una mujer a la que ama, no ha experimentado
plenamente el poder mágico del que son capaces dichas cosas. Además,
el amor es capaz de romper la dura concha del ego, ya que es una
forma de cooperación biológica en la que se necesitan las emociones
de cada uno para cumplir los objetivos instintivos del otro. Se han
dado en el mundo, en diversas épocas, varias filosofías de la
soledad, algunas muy nobles y otras menos. Los estoicos y los
primeros cristianos creían que el hombre podía experimentar el bien
supremo que se puede experimentar en la vida humana mediante el
simple ejercicio de su propia voluntad o, en cualquier caso, sin
ayuda humana; otros han tenido como único objetivo de su vida el
poder, y otros el mero placer personal. Todos estos son filósofos
solitarios, en el sentido de suponer que el bien es algo realizable
en cada persona por separado, y no sólo en una sociedad de personas
más grande o más pequeña. En mi opinión, todos estos puntos de
vista son falsos, y no sólo en teoría ética, sino como expresiones
de la mejor parte de nuestros instintos. El hombre depende de la
cooperación, y la naturaleza le ha dotado, es cierto que no del todo
bien, con el aparato instintivo del que puede surgir la cordialidad
necesaria para la cooperación. El amor es la primera y la más común
de las formas de emoción que facilitan la cooperación, y los que
han experimentado el amor con cierta intensidad no se conformarán
con una filosofía que suponga que el mayor bien consiste en ser
independiente de la persona amada. En este aspecto, el amor de los
padres es aún más poderoso, pero en los mejores casos el
sentimiento parental es consecuencia del amor entre los padres. No
pretendo decir que el amor, en su forma más elevada, sea algo común,
pero sí sostengo que en su forma más elevada revela valores que de
otro modo no se llegarían a conocer, y que posee en sí mismo un
valor al que no afecta el escepticismo, por mucho que los escépticos
incapaces de experimentarlo atribuyan falsamente su incapacidad a su
escepticismo.





El
amor verdadero es un fuego perdurable


que arde eternamente en la
mente.


Nunca enferma, nunca muere, nunca se enfría,


nunca se niega a
sí mismo.





Bertrand RUSSELL, La conquista de la felicidad.



miércoles, 3 de marzo de 2010




Amor líquido vs. amor sólido

Os transcribo un párrafo de "En brazos de la mujer madura", de Stephen Vizinczey, escrito en 1965. La postmodernidad estaba realizando su advenimiento:



Puesto que el amor es un atisbo sentimental de la eternidad, uno no puede menos que imaginar que el verdadero amor ha de durar siempre. Y cuando se acaba, como se acaba siempre mi amor, no podía sustraerme a un sentimiento de culpabilidad por mi incapacidad de sentir emociones auténticas y perdurables. [...] En esto soy como la mayoría de mis escépticos contemporáneos: puesto que ya no nos reprochamos no ajustarnos a unos preceptos éticos absolutos, nos golpeamos con el palo de la interiorización psicológica. Cuando de amor se trata, rechazamos la distinción entre moral e inmoral a cambio de "verdadero" y "falso". Somos muy aprensivos para condenar nuestras acciones y, en su lugar, condenamos nuestros motivos. Después de liberarnos de un código de comportamiento, nos sometemos a un código de motivación, para conseguir la sensación de vergüenza que nuestros padres adquirían por medios menos sofisticados. Nosotros rechazamos su moral religiosa porque enfrentaba al hombre con sus instintos, lo agobiaba con el peso del remordimiento por unos pecados que, en realidad, eran efecto de leyes naturales. No obstante, todavía estamos haciendo penitencia por la creación: preferimos considerarnos fracasados a renunciar a nuestra fe en que la perfección exista. Nos aferramos a la ilusión del amor eterno negando validez al temporal. Duele menos pensar: "Soy superficial", "Es egocéntrica", "No podíamos comunicarnos", "Era sólo atracción física" que aceptar el simple hecho de que el amor es sentimiento pasajero que acaba por causas ajenas a nuestro control e, incluso, a nuestra personalidad. Pero ¿quién puede tranquilizarse con sus propias reflexiones? No hay argumento que pueda llenar el vacío que deja el sentimiento que ha muerto: recordatorio del vacío terminal, nuestra inconstancia final. Hasta a la vida le somos infieles.







Hacía tiempo que no me encontraba con un texto de estas características: profundo, denso y sobre un tema atractivo y muy actual, las formas del amor, tema que he tratado algunas veces. Antes de nada, analicemos el texto extrayendo las ideas principales:




1.- La idea básica de Vizinczey es que el amor es un sentimiento que acaba, un sentimiento producto de nuestros instintos animales.



2.- Pero según sus contemporáneos sólo el amor eterno sería amor verdadero (mera ilusión para Vizinczey), mientras que los otros amores caducos, amoríos, serían amores falsos.



3.- Esta idea, y todo el texto, se sitúa dentro de un marco existencialista, probablemente kierkegaardiano,  que le proporciona un toque místico, ya que de otra manera el asunto, la idea básica, aparecería como muy descarnada: puesto que somos seres contingentes y, en tanto que conscientes de nuestra contingencia, anhelantes de eternidad, siendo nuestros sentimientos lo más íntimo y cercano a nuestro ser, deseamos que los buenos sentimientos, entre ellos el amor, sean eternos; deseo inútil, puesto que al ser los sentimientos reflejos de nuestro ser, son tan temporales cómo éste.



4.- La caída en los amores falsos produce remordimientos psicológicos a los contemporáneos, sentimientos de culpa.



5.- Pero esa culpabilidad no es sino una rémora, en la época actual (psicologizada), de la culpabilidad tradicional asociada a un código de comportamientos morales desfasado.



Y ahora analicemos estas ideas, exceptuando la tercera, pues no quiero entrar en misticismos ni andar analizando símiles o metáforas.



Me parece de una importancia capital, más allá del tema que nos ocupa (el amor), el marco sociocultural en el que Vizinczey se sitúa (ideas 4 y 5). Vizinczey es ya un claro exponente de la postmodernidad y desde su alcanzada altura, surfeando sobre amor líquido (como dice Zygmunt Bauman), contempla la culminación de la época anterior, la modernidad, en la que todavía viven instalados la mayoría de sus contemporáneos y uno de los farallones que aún quedaban de épocas pretéritas: el amor sólido. La modernidad, que fue sustituyendo técnicas por tecnologías, dioses por conceptos, servidumbres por libertades, terminó por infiltrar dentro del imaginario colectivo la concepción cartesiana del hombre: Descartes y su filosofía de la conciencia, al cabo de  tres siglos y gracias a la Psicología, había triunfado sobre Suárez y demás escolásticos (mucho más realistas y moralistas, aunque teológicamente ideologizados).



Ahora bien, nada cambia de golpe, entre otras cosas porque lo que cambia (las cosas, los comportamientos, las ideas) no es uniforme, está formado por partes que llevan su propio ritmo de cambio. Cambian algunos comportamientos (la gente se separa, se divorcia), pero no cambian otros (nos sentimos culpables si nos separamos). Cambian algunas ideas ("separarse es bueno si, al fin y al cabo, la pareja no se quiere"), pero no cambian otras ("el amor verdadero y bello es el amor eterno"). De este modo sancionamos como buena y positiva una separación pero ello no nos evita sentirnos culpables.



Lo interesante del texto de Vizinczey es que señala precisamente uno de estos cambios: nuestros padres se sentían culpables por no actuar debidamente, es decir, tal y como marcaban los códigos morales (en el caso que nos ocupa, por no permanecer junto a su pareja durante toda la vida). Una vez liberada la gente de este código moral, achacan su sentimiento de culpa (sentimiento que Vizinczey sitúa en el anhelo de eternidad o en la constatación de nuestra contingencia) a su incapacidad para reconocer el "amor verdadero". Lo cual quiere decir que el canon moral sigue vigente, aunque relajado: antes el amor era amor porque vivías con una persona toda la vida, ahora vives toda la vida con ella porque hay amor entre los dos, amor verdadero. Y si el amor se rompe es porque no era verdadero. Ante una situación de este tipo antiguamente se iba al confesor, el cual te recomendaba la forma de actuar, amén de rezar unos padrenuestros y darte una hostia (física o figurada, consagrada o no); luego estaba en uno mismo el seguir sus consejos o no; seguramente no, pero allá cada cual si quería acabar con su alma en el infierno (en el de la culpa o en el de las llamas... O en ambos). Ya no hay flamígeros infiernos, ya no hay confesores con sotana, pero seguimos viviendo en el infierno de la culpa y para librarnos de ella vamos al psicólogo (moderno confesor). Vivimos en una sociedad esquizoide queremos una cosa y su contraria: queremos vivir toda la vida con una persona pero si se cruza otra en nuestro camino ya no queremos vivir con la primera pues se ha acabado el amor; no era amor verdadero.



Analicemos ahora la segunda idea (amor verdadero, amor eterno). Desde Platón, en su conocido diálogo "El Banquete", el Amor es amor eterno, y también desde Platón lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero son una y la misma cosa. Y aunque Kant se esforzó por dejar claro que dichas ideas no eran solidarias, sino que pertenecían a disciplinas o discursos inconmensurables entre sí (la Estética, la Moral y las Ciencias), el uso que la Teología había hecho de Platón durante muchos siglos ha calado hondo en el saber popular, probablemente sin darse cuenta de que dicho uso era ideológico: decir que una verdad científica es bella no pasa de ser un adorno sin consecuencias (aunque tampoco nadie diría que es bella la verdad de que tu pareja te engaña); decir que una verdad científica es buena sería cierto si a partir de ella se construyen tecnologías que hacen la vida más llevadera (pues se supone que es bueno hacer la vida más fácil); si tenemos en cuenta que tanto lo bello como lo bueno son constructos sociales podemos entender que lo uno se predique de lo otro y viceversa (al margen de que los cánones morales sean una cosa distinta de los cánones estéticos), pero no podemos decir que lo bueno o lo bello sean verdaderos si por verdad entendemos la adecuación de un discurso a la realidad. El uso que se hace de la Verdad, fuera de las ciencias y de los meta-discursos (discursos acerca de la adecuación de otros discursos a la realidad), es ideológico: el Amor... O, mejor, un amor (en tanto que relación entre dos personas), podrá ser bueno, incluso bello, pero no verdadero o falso (podrán ser verdaderas o falsas las declaraciones sobre ese amor: "te quiero", "te amo", "no te engaño", "ch..."). Si se habla de amor verdadero o falso es porque se está tomando como canon una forma concreta de amor, el "amor para toda la vida" (como canta el Fito). Ahora bien, ¿existe ese tipo de amor, el amor eterno?



Vamos con la idea inicial: "el amor es un sentimiento que acaba, un sentimiento producto de nuestros instintos animales". En realidad se trata de tres ideas, a) los sentimientos proceden de nuestros instintos, b) los sentimientos acaban y c) el amor es un sentimiento; en fin, que el amor es como el hambre, ¿no?



Pues no. Negamos las tres ideas: ni los sentimientos proceden exclusivamente de los instintos, ni tienen por qué acabar y, sobre todo, el amor no es sólo un sentimiento. Observemos que no estamos negando las ideas en su totalidad, sino que estamos matizando. Lo que se dice es verdad, pero no es toda la verdad. El problema es cometer una falacia argumental mediante una sinécdoque de ampliación, es decir, hacer de una parte la totalidad, como hace Vizinczey.



a) Los sentimientos no proceden sólo de nuestros instintos, sino también, y fundamentalmente, de los cánones estéticos y morales, de los usos y costumbres, de las normas, al fin y al cabo. ¿Por qué? Basicamente porque el sentimiento es inseparable del objeto de ese sentimiento, un objeto, en el caso del Hombre, construido socialmente: tenemos hambre, sí, efecto de nuestra condición animal; pero no comeríamos cualquier cosa (la comeríamos si estuviéramos completamente privados de nuestra condición humana, de nuestra dignidad, verdaderamente hambrientos y hay casos que ni aún así; las huelgas de hambre lo demuestran). Tenemos hambre de ciertos alimentos, los vegetarianos no tienen hambre de carne, ni los musulmanes hambre de cerdo, ni nosotros de ratas o perros. El hambre no se reduce, pues, al sentimiento animal. Ni tampoco el amor. Tenemos ganas de follar, sí. Pero tampoco lo haríamos con cualquiera, ¿verdad? Si fuéramos animales nos bastaría cualquier macho o hembra (según gustos).



b) Los sentimientos no tienen por qué ser pasajeros. También es verdad que algunos animales permanecen juntos durante toda la vida, especialmente las aves, pero no los mamíferos ni, entre estos, los primates (y si hablamos de la condición animal del hombre no podemos olvidar nuestra filogénesis, es decir, no basta con compararnos con cualquier animal, hemos de hacerlo con los primates). Otro contraejemplo de amor es el que se tiene por los retoños: una hembra animal "ama a" (cuida de) sus retoños hasta que se hacen adultos, después los echa de su nido o guarida y no los reconoce como propios; una madre humana ama a sus hijos hasta el día de su muerte, aunque también haya de echarlos a los 40 años por el bien de estos. O sea, diferencias entre los sentimientos humanos y animales existen; no decimos que los unos no provengan de los otros, lo que decimos es que no son lo mismo, que hay algo más: la construcción social del objeto y de la forma de esos sentimientos, lo cual hace que varíen de unas sociedades a otras y de unas épocas a otras dentro de la misma sociedad.



c) El amor no es sólo un sentimiento. Precisamente la idea contraria es la que vertebra toda la falacia argumental del texto de Vizinczey y de la mayor parte de nuestros contemporáneos cuando del amor hablan. Y es que, efectivamente, si el amor fuera exclusivamente un sentimiento pudiera ser que fuera pasajero, temporal, efecto de no se sabe qué feromonas, por ejemplo. Pero no lo es. El amor es ante todo una idea, no un concepto, pues cualquier cosa lleva un concepto asociado. Se trata de una idea en el sentido kantiano de término: una idea práctica. Las ideas, al contrario que los conceptos, no resultan del todo claras, pues están formadas o cruzadas por múltiples conceptos no necesariamente solidarios entre sí, sino a veces en oposición, en crítica constante de unos por otros; de ahí que sean las ideas el campo temático de la Filosofía y de ahí, también, que el que tenga las ideas claras o es un ignorante o es un demagogo.



Por lo pronto, si del amor en tanto que sentimiento hablamos nos encontramos con, al menos, tres conceptos señalados magistralmente por Manolo Escobar en su canción "Tres Amores":



Tres amores tengo,

uno, dos y tres.

Todos diferentes,

todos de mujer.

Y si uno me llama,

los otros también.

Uno el de mi madre,

otro es el de mi mujer,

y otro el de mi hija.

¡Qué suerte tener los tres!



( http://www.manoloescobar.net/cancionero/T/tresamores.htm < con vídeo)



Amor filial, amor materno y amor conyugal. Y no digamos ya si empezamos a forzar términos como "amistad". Ahora bien, de lo que tampoco nos podemos olvidar es del concepto católico del amor: "amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Como bien podemos observar cada uno de estos tipos de amor se distingue de los otros por el objeto amado, y cada uno de ellos conlleva un tipo de comportamiento, una serie de normas, para con el objeto amado, aunque algunos no sepan o puedan distinguirlos convirtiéndose en "monstruos", "degenerados", etc.: padres incestuosos, curas católicos de Irlanda, pederastas en general, el párroco de Toledo que ofrecía su amor por Internet... El comportamiento con el objeto amado define el tipo de amor de que se trate. ¿Lo define o lo constituye? He aquí el quid de la cuestión. Estamos muy acostumbrados a pensar en términos psicológico-mecanicistas: para realizar una acción necesitamos una motivación, un sentimiento. Como decíamos al principio, se trata de la herencia cartesiana potenciada por el auge de la Psicología en el siglo XX. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si la motivación o el sentimiento fuesen, no previos, sino concomitantes a la acción? ¿Acaso no nos acostamos sin tener sueño y una vez en la cama nos dormimos? ¿No nos ponemos a comer sin hambre y terminamos por devorar todo sobre la mesa? ¿No nos empiezan a rascar y termina por picarnos todo el cuerpo?



"Obras son amores..." El amor es, fundamentalmente, acción. ¿Qué sentido tiene si no el amor a Dios y el amor al prójimo? Dios o el prójimo son entes abstractos que no se conocen. El prójimo todavía puede concretarse en una persona física, próxima. Pero no Dios. De aquí tantas críticas que se le han hecho al cristianismo: ¿cómo puede amarse algo que no se ve?. Y de aquí también el hecho de que algunos que pretendían amar a Dios con sentimientos, expresar esos sentimientos, como Santa Teresa o San Juan de la Cruz, fuesen perseguidos como herejes. A Dios se le ama obedeciéndole, siguiendo sus normas, comportándose "como es debido" y, sobre todo, comportándose con el prójimo porque  "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt. 25, 40).



Ahora bien, para realizar una acción es necesaria la voluntad y para realizar una serie de acciones congruentes a lo largo de un período de tiempo (incluso una vida entera) es necesario el compromiso y la disciplina. No negamos el hecho de que si existe una motivación para realizar estas acciones todo será mucho más fácil, lo que decimos es que la realización de dichas acciones también produce la motivación y, lo que es más importante, la mantiene viva. Si del amor tratamos, lo podemos comparar con un fuego que ha de alimentarse, ha de alimentarse con acciones para que no se apague. La leña se convierte en fuego, la materia en energía. ¿Acaso no son lo mismo? Einstein lo demostró. Metáforas aparte, las acciones se transforman en sentimientos, y no sólo en los sentimientos de la otra persona hacia nosotros, sino en los nuestros hacia ella. Y el Amor en tanto que idea kantiana, quizá no muy clara (como se puede observar a lo largo de todo este rollo), en tanto que conjunto de sentimientos, normas y conceptos debe ser también aquello que nos guíe en el comportamiento, en la praxis, con las personas amadas. El amor es, sobre todo, compromiso; compromiso voluntario o, más bien, voluntarioso.



¿Podemos dejar de amar a una persona? Sí, pero ello se debe a que previamente hemos decidido dejar de amarla... Quizá debiéramos distinguir entre el amor y el enamoramiento, como hacía Ortega (en "Estudios sobre el amor"), para quien el enamoramiento era una cuestión fisiológica, natural y temporal, mientras que el amor era una cuestión cultural; pero entonces bastaría con cambiar "amor" por "enamoramiento" en el texto de Vizinczey y se acabaría la discusión... O no se acabaría, pero sería otra muy distinta. Aún así, si distinguiéramos estos dos conceptos, cabría preguntarse, en los casos concretos, hasta dónde llega uno y dónde empieza el otro: ¿puede haber amor sin enamoramiento? ¿enamoramiento sin amor? ¿podemos seguir amando a alguien sin estar enamorados? Las respuestas son difíciles sobre todo porque tampoco existe un concepto claro de lo que es el enamoramiento: ¿es un todo o nada? ¿O, por el contrario, se puede estar enamorado un poco?



En realidad creo que las respuestas que demos no son tan importantes porque aquí lo que se está jugando es otra cuestión, o más bien, dos cuestiones: por un lado, dónde ponemos el peso del amor, en la voluntad y el compromiso o en el sentimiento (que puede ser voluble, ya sea natural o cultural); y por otro (relacionado con lo anterior), teniendo en cuenta que el amor es una fuerza que une, que mantiene unidas a las personas, ¿qué tipo de sociedad queremos? ¿qué tipo de pareja? ¿qué tipo de familia? (aunque esto suene muy carca). Si las uniones homosexuales o heterosexuales, pero más allá de la pareja, la de los padres con los hijos, las de los hermanos entre sí, son producto del amor, ¿no sería mejor apostar por un amor sólido, basado en el compromiso, que en un amor líquido, basado en unas sensaciones que pueden resultar, a la postre, pasajeras y que acaban por destruir las relaciones construidas al pretender fluir, regando cuantas más flores mejor?



No estamos abogando por una recuperación de todos los valores tradicionales sobre el particular; no estamos abogando por un tipo de familia en concreto, ni por una opción sexual determinada, ni por unos ritos que escenifican la unión a la par que reunen puntualmente al resto de familiares y amigos. Todo esto son aderezos, notas accidentales de lo esencial: el compromiso entre dos personas, la ayuda mutua y la voluntad de hacer feliz a la otra parte... Muchas veces al margen de los sentimientos. Es evidente que el compromiso ha de ser mutuo (salvo, quizá, el amor por los hijos, los cuales habrán de responder el día de mañana), pues tampoco queremos volver a tiempos en los que el sacrificio y el compromiso, el amor sólido, se llevaba por sólo una de las partes, normalmente la mujer, mientras que la otra disfrutaba de un amor líquido con amantes, prostitutas, etc. (Alberto Matamoros:

http://www.filosofia.net/materiales/resenas/r_1_amor_matamoros.html). 






El compromiso en el matrimonio era un valor tradicional; puede que no siempre se cumpliera y se caía, entonces, en la hipocresía. La tradición, así como la revolución, tiene sus cosas positivas y sus cosas negativas; su recuperación puede no ser posible, pero es que puede que ni sea deseable. Pero quizá sí se puedan recuperar algunas de sus partes e ir con ellas sanando las heridas, entablillando las fracturas, de la revolución sexual y de la ampliación del campo de batalla económico al campo de las relaciones sentimentales (Houellebecq:

http://www.filosofia.net/materiales/num/num18/F-LS-Hou.htm, http://www.filosofia.net/materiales/num/num18/Res-Plataforma.htm)



Mientras tanto tendremos que seguir leyendo preciosos textos que encierran tantas mentiras y actitudes peligrosas, como verdades y actitudes positivas; leed éste de Amelie Nothomb:



La vida está jalonada de pruebas duras como piedras; una mecánica de fluidos permite, sin embargo, circular por ella. La Biblia, ese soberbio tratado de moral para uso de las piedras, de las rocas y de los menhires, nos enseña admirables y petrificados principios [...] y los que los siguen son esos seres inquebrantables y de una sola pieza, queridos por todos. Por el contrario hay criaturas incapaces de mantener esas actitudes graníticas y que, para avanzar, solo pueden deslizarse, infiltrarse, dar un rodeo. Cuando te preguntan si quieres o no casarte con fulano, se sugieren noviazgos, nupcias líquidas. Los patriarcas pedregosos ven en ellas a traidores o embusteros, cuando en realidad son sinceros a la manera del agua. [...] Esos seres fluidos atraen el desprecio de las masas cuando sus ondulantes actitudes han permitido evitar tantos conflictos. Los grandes bloques de virtuosas piedras, sobre los que nadie repara en elogios, están en el origen de todas las guerras.



Ejercicio: analizar el texto de Nothomb y escribir las conclusiones en los comentarios.








A continuación incluyo en el cuerpo de la entrada el debate sobre el texto que tiene lugar en los comentarios:



Gema dijo...



    Muy interesante tu texto, claro que te discutiría algunas cosas en las que te apoyas (aunque en el fondo esté más o menos de acuerdo contigo, no lo estoy en el uso que haces de algunas palabras y conceptos).



    Por ejemplo tu (no sé si intencionada o no) "confusión" entre sensación y sentimiento, entre sentimiento e instinto. Los sentimientos son algo elaborado, no innato; los sentimientos no nos acercan a los animales, mas bien al contrario, nos diferencian de ellos, al menos cuanto mas elaborados son, cuanto más nacen en los pensamientos y menos en los estímulos externos. Los sentimientos son elaboraciones mentales y personales de estímulos externos (o incluso elaboraciones sin estimulo). Diría que tu relación con la palabra sentimiento está cargada de connotaciones peyorativas, no acierto muy bien a comprender por qué...



    El amor es un concepto relacionado por definición con lo completo. Lo es para mí (ya te dije en una ocasión que para mí el amor era ese cuento de los hombres dividos por los dioses porque su felicidad los hacia peligrosos, que tú me dijiste era de Platón) y lo es al menos para los hispanohablantes. Se te ha ocurrido mirar como lo define la RAE?? a mí sí.



    Hay 14 definiciones, estas son las dos primeras



    1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.



    2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.



    Nosotros, que somos seres incompletos buscando ese algo o alguien que nos complete, de alguna manera buscamos en esa unión la perfección y la eternidad. Conceptos, los tres ideales, ajenos a la realidad física, material del ser humano pero que acompañan sus anhelos y forma de organizar el mundo desde que el hombre es hombre. Lo malo, lo feo, lo difícil es que perseguir un ideal lleva por definición, al fracaso.



    Por último igual que tu citas a Manolo Escobar yo citaré a Woody Allen (cada uno tiene sus referentes).



    Un hombre en el médico.

    - Doctor, doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina.

    - Y ¿por que no lo encierra?

    - Porque necesito los huevos.





Anónimo2 dijo...



    En el amor hay un sentimiento de trascendencia que es posible contemplar a pesar de la consciencia de contingencia.



    El deseo de eternidad permite a los amantes la experimentación de un delirio que, en sí mismo, actúa como canal de conexión con la eternidad.



    Cada uno de estos fenómenos fragmentarios de experiencia de eternidad son conexiones trascendentes con el ámbito de lo permanente.



    Es posible adquirir conocimiento y forjar universos paralelos a partir de la conexión trascendente que proporciona el amor.



    La exacerbación de la búsqueda de trascendencia lleva al suicidio por amor o a dar la vida por el ser amado. La trascendencia se obtiene al tratar de obtener una fusión idealista con el ser querido. El que pierde la vida pretende convertirse en una referencia permanente para el ser querido.



    Recomiendo ver: EL MARIDO DE LA PELUQUERA (Una gran película sobre el amor).





Rossa Nova dijo...



    De acuerdo, Gema, supongamos que me haya pasado exagerando la relación entre el sentimiento y el instinto; supongamos que lo que viene a decir Vizinczey es que el amor se acaba sin saber muy bien por qué debido a causas que escapan a nuestro control pero que no por ello dichas causas hayan de ser fisiológicas, instintivas (de hecho, bien pudiera no ser así, sino que tales causas tuvieran más que ver con la conformación normativa desestructurada de nuestra personalidad, queremos esto y lo contrario, como ya he dicho). En realidad, estas suposiciones no afectan para nada a lo verdaderamente importante: que el amor, siendo un sentimiento escaparía a nuestro control, mientras que siendo algo más, siendo también voluntad, sí podríamos mantenerlo bajo control. En esa voluntad como ya he dicho habría que incluir una serie de normas o comportamientos, entre ellos, como bien me has comentado fuera del blog, cierta renuncia a nuestra individualidad, una individualidad si no creada, sí al menos potenciada por la sociedad consumista moderna; renuncia necesaria para poder compartir cosas, tiempo, vida, en definitiva.



    Por otro lado la persecución del ideal que supone el amor y que según tú nunca se cumple, ilustrada por la conversación de la película de Woody Allen, es precisamente una confirmación de lo que supone el Amor como idea práctica, como idea que nos debe guiar. Pero si los conceptos que conlleva la idea de Amor son puramente ideales, resultan ser metafísicos, sin concreción; y yo quería huir de la metafísica.



    De igual modo considero metafísico todo el discurso de Anónimo2; lo cual no significa que las ideas que propone o que nos traslada no sean importantísimas para forjarnos la idea práctica del Amor, por ejemplo, dar la vida por el ser amado (siempre y cuando nos corresponda, claro, pero esto ya es prudencia realista).



domingo, 25 de mayo de 2008




&quot;Marina&quot;, de Carlos Ruiz Zafón

Amor, misterio y locura en un escenario gótico, los barrios viejos de Barcelona. Una fantástica novela con elementos de terror y algunos toques de dulzura. Ruiz Zafón es un genio. Sin embargo en esta novela, las dos historias que se entrecruzan no terminan de acoplarse bien, perfectamente podrían haber formado dos historias separadas, una de terror, otra de amor...

Aquí os dejo unos pasajes:

Todos tenemos un secreto encerrado con llave en el ático del alma. Este es el mío

[...]

La Velo Granell fabricaba artículos de ortopedia y prótesis médicas. El conflicto de Marruecos y la Gran Guerra en Europa habían creado un enorme mercado para estos productos. Legiones de hombres destrozados a mayor gloria de banqueros, cancilleres, generales, agentes de bolsa y otros padres de la patria habían quedado mutilados y destrozados de por vida en nombre de la libertad, la democracia, el imperio, la raza o la bandera.

[...]

El tiempo hace con el cuerpo lo que la estupidez hace con el alma –dijo, señalándose a sí mismo-. Lo pudre.

[...]

El circo fue mi escuela y el hogar donde crecí. Ya por entonces sabíamos, sin embargo, que estaba condenado. La realidad del mundo empezaba a ser más grotesca que las pantomimas de los payasos y los osos danzarines. Pronto, nadie nos necesitaría. El siglo XX se había convertido en el gran circo de la historia.

[...]

Aquella noche Mijail me contó que él creía que la vida nos concede a cada uno de nosotros unos escasos momentos de pura felicidad. A veces son sólo días o semanas. A veces, años. Todo depende de nuestra fortuna. El recuerdo de esos momentos nos acompaña para siempre y se transforma en un país de la memoria al que tratamos de regresar durante el resto de nuestra vida sin conseguirlo. Para mí esos instantes estarán siempre enterrados en aquella primera noche, paseando por la ciudad...

[...]

-Esto es lo que hace la naturaleza con sus hijos. No hay mal en el corazón de los hombres, sino una simple lucha por sobrevivir a lo inevitable. No hay más demonio que la madre naturaleza... Mi trabajo, todo mi esfuerzo, no es más que un intento por burlar el gran sacrilegio de la creación...

[...]

-La mujer que has visto esta noche murió hace seis semanas bajo las ruedas de un tranvía. Saltó para salvar a un niño que jugaba en las vías y no pudo evitar el impacto. Las ruedas le segaron los brazos a la altura del codo. Murió en la calle. Nadie sabe su nombre. Nadie la reclamó. Hay docenas como ella. Cada día...

-Mijail, no lo comprendes... Tú no puedes hacer el trabajo de Dios...

Me acarició la frente y me sonrió tristemente, asintiendo.

-Buenas noches -dijo.

Se dirigió a la puerta y se detuvo antes de salir.

-Si mañana no estás aquí -dijo, lo comprenderé.

Dos semanas más tarde, nos casamos en la catedral de Barcelona.

[...]

Joan Shelley, según me confesó más tarde, temía por su salud y por su cordura. Le conocía mejor que nadie y desde el principio le había asistido en sus experimentos. Fue él quien me habló claramente de la obsesión de Mijail por las enfermedades degenerativas, de su desesperado intento por encontrar los mecanismos con los que la naturaleza deformaba y atrofiaba los cuerpos. Siempre vio en ellos una fuerza, un orden y una voluntad más allá de toda razón. A sus ojos, la naturaleza era una bestia que devoraba a sus propias criaturas, sin importarle el destino y la suerte de los seres que albergaba. Coleccionaba fotografías de extraños casos de atrofia y de fenómenos médicos. En aquellos seres humanos, esperaba encontrar su respuesta: cómo engañar a sus demonios.

[...]

Andrej murió a los siete años sin haber salido jamás de las alcantarillas. Cuando su gemelo falleció, su cuerpo fue entregado a las corrientes subterráneas siguiendo el ritual de las gentes de los túneles. Mijail preguntó a su madre por qué había sucedido algo así.

-Es la voluntad de Dios, Mijail -le respondió su madre.

Mijail nunca olvidaría aquellas palabras. La muerte del pequeño Andrej fue un golpe que su madre no llegó a superar. Durante el invierno siguiente, enfermó de neumonía. Mijail estuvo a su lado hasta el último momento, sosteniendo su mano temblorosa. Tenía veintiséis años y el rostro de una anciana.

-¿Es ésta la voluntad de Dios, madre? preguntó Mijail a un cuerpo sin vida.

Nunca obtuvo respuesta.

[...]

-¿Qué es eso?

-Sirve para escuchar lo que dicen tus pulmones... Respira hondo.

-¿Es usted un mago? -Preguntó Mijail, atónito.

El doctor sonrió.

-No, no soy un mago. Sólo soy un médico.

-¿Cuál es la diferencia?

[...]

-Ya me has dado diez años de compañía, Mijail -le dijo. Ahora debes pensar en ti. En tu futuro.

-No le voy a dejar morir, padre.

-Mijail, ¿te acuerdas de aquel día, cuando me preguntaste cuál era la diferencia entre un médico y un mago? Pues bien, Mijail, no hay magia. Nuestro cuerpo empieza a destruirse desde que nace. Somos frágiles. Criaturas pasajeras. Cuanto queda de nosotros son nuestras acciones, el bien o el mal que hacemos a nuestros semejantes. ¿Comprendes lo que quiero decirte, Mijail?

Diez días más tarde, la policía encontró a Mijail cubierto de sangre, llorando junto al cadáver del hombre al que había aprendido a llamar padre. Los vecinos habían alertado a las autoridades al sentir un extraño olor y al escuchar los aullidos del joven. El informe policial concluyó que Mijail, perturbado por la muerte del doctor, le había diseccionado y había tratado de reconstruir su corazón utilizando un mecanismo de válvulas y engranajes.


miércoles, 9 de enero de 2008




Amor, guerra y labores domésticas

No, no voy a tratar aquí de cómo una perfecta relación de pareja puede irse a la mierda por cuestiones tan nimias como quién baja la basura, hace la cena, o le limpia el culo al gato. De eso hay gente entre vosotr@s, lectores-as, que sabe mucho más que yo.

Quiero ir más allá, al fondo de la cuestión... O a los orígenes, más bien, de todo este asunto, el asunto de la tradicional distinción entre labores masculinas y labores femeninas.

La idea de este articulillo me ha venido tras pasarme varias mañanas o tardes cosiendo un par de pantalones a los cuales les había salido un conducto de aireación genito-femoral. Vale que soy un cutre y no tengo una Singer para realizar la tarea como mandan los cánones de la alta o media costura, useasé que lo mío es a golpe de dedal y aguja... Más mérito si cabe, ¿no? (el caso es que la madre de la novia de mi hermano sabe coser a máquina, su hija no, de modo que podría darme unas clasecillas cuando venga a Madrid). Pues bien, al igual que lo de fregar los platos a mano, coser es una tarea que no sólo no me disgusta, sino que me encanta... El problema es que siempre hay algo más importante o más urgente que hacer (como escribir esto mientras veo el pantalón con la aguja colgando; lleva al menos 5 días así, encima de la mesa, y ya me he pinchado dos veces), salvo que se te caiga el botón de la camisa o pantalón que te ibas a poner; entonces saco rápidamente los aparejos de costura y en un tris-trás coloco el botón en su sitio.

Soy consciente de que en este aspecto soy uno de los pocos hombres... No, de las pocas personas de mi generación (europeo treintañero) que sabe coser, o más bien que no tiene miedo al hilo y aguja, ya que los resultados podrían dejar que desear a ojos perfeccionistas. Y es que ya se ha perdido en nuestra sociedad el noble arte del remiendo y baja costura, no solo como labor doméstica, que es de lo que estoy tratando, sino como negocio: son testimoniales las casas en las que se realizan arreglos de prendas, así como arreglos de zapatos. Por supuesto, esto es una consecuencia del consumismo desaforado que llevamos viviendo desde que entramos en la sociedad o estado del bienestar: si tiramos las prendas pasadas de moda, es decir, las de la temporada anterior, ¿cómo no vamos a tirar ese pantalón o camisa a la que se le ha caído un botón o se ha descosido? Porque, claro, no es lo mismo un roto que un descosido: mientras que el descosido es síntoma de baja calidad de la prenda, el roto puede ser signo de distinción si está hecho adrede, es decir, si uno mismo o una misma jode la prenda para dejar ver algo de carnucia.

Los que me conocéis ya sabéis que llevo muchos años en esto del anticonsumismo; siempre os quejáis de que me conocéis con la misma ropa de hace quince años y en mis cumples me surtís de nuevos modelitos, gracias a lo cual ahora voy casi a la moda (camisetas estrechas de manga larga, jerséis de cuello alto, etc, etc). De aquí podría deducirse que mi afición a la costura viene de la necesidad que tengo de conservar las prendas para mantener una posición ideológica, un modo de vida. Pues no es así, pero lo cierto es que ambas cuestiones confluyen y se realimentan. Mi afición por la costura es anterior al anticonsumo, probablemente me venga desde los once o doce años, mientras que mis posiciones políticas nacieron a los 17 ó 18 (tras varios años de escuchar heavy metal y descubrir, entonces, a La Polla Records).

Pero la cuestión inicial era: ¿por qué existe una diferenciación sexual de los trabajos, entre ellos los trabajos domésticos? Los antropólogos tienen teorías para todos los gustos, teorías que se encargan de desmontar las antropólogas feministas, obcecadas como están en que todo es producto del patriarcado, una especie de conjura masculina contra el género femenino. Levi-Strauss y sus seguidores, aparte de considerar a las mujeres como moneda de cambio entre clanes, considera que la distribución sexual de tareas se debe a la necesidad de instaurar algún tipo de norma para mantener unida a la familia nuclear y perpetuar, de ese modo, el clan, la tribu, etc.: si realizar alguna de las tareas básicas para la subsistencia es tabú para un género, dicho género habrá de unirse con el otro y realizar, cada uno, sus tareas; unos se dedicarán a la caza, la política y la guerra, otras a la agricultura, las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. Aunque bien es cierto que esto se da ya en el neolítico, mientras que en el paleolítico la cosa podría ser diferente: no hay agricultura, está demostrado que las mujeres participaban en la caza mayor (por lo menos como batidoras), el concepto de familia es más débil...

El caso es que prácticamente en todas las sociedades, a partir del neolítico se establece esa distinción: las mujeres en casa y los hombres en el negocio y en la guerra. Hay, no obstante, un tipo de labores domésticas que tradicionalmente han sido asumidas por los varones: el bricolaje. ¿Razón? Ni idea. No puede argumentarse que sea por cuestiones de fuerza, como mucha gente sostiene la otra diferenciación: es decir, que los hombres se dedicaban a la caza o a la guerra porque en dichas actividades se requiere más fuerza (como si no se requiriese para labores agrícolas, para llevar el cántaro a la fuente y volver con él lleno de agua, etc, etc). Y es que para levantar un martillo o cambiar una bombilla... Claro que en lo de la bombilla puede intervenir el miedo: el macho es valiente y puede enfrentarse a los 125 o 220 voltios, mientras que quizá suponen que las mujeres no. A mí particularmente me da pavor todo lo que tenga que ver con voltios, ohmios y amperios desprovistos de una gruesa capa de material aislante, pero tampoco creo que dicho miedo tenga que ver con la eficacia de mis incursiones en materia de electricidad (una de las últimas veces logré estropear una bombilla y saltar 3 veces el diferencial al intentar cambiar el casquillo del flexo de mi mesa de trabajo). Vale que lo de segar el césped y mantener uniformes los setos de arizónicas en los típicos chaletes de las urbanizaciones tenga que ver con la puesta en escena del varón: es algo que se hace los fines de semana y uno ha de dejarse ver por los vecinos como un hombre hacendoso (pero, bueno, esto es más bien una cosa norteamericana); es igual que en las barbacoas: si la mujer es la encargada de hacer la comida en casa todos los días, ¿por qué el hombre usurpa su lugar en la barbacoa? Porque se trata de un acto social (en el que vienen amigos, familia...) cuyo centro es la comida, una comida elaborada de un modo más bien primitivo, y cuyo sacerdote es, entonces, el varón; el varón ocupa el centro de atención.

Sin embargo, dentro de la casa no hay puesta en escena. Quizá lo del “miedo al martillo” tenga que ver con la posibilidad de estroparse las uñas, machacarse un dedo, hacerse un corte. Pero tampoco en la cocina se está exento de tales percances. La verdad es que la cuestión es demasiado compleja como para intentar solucionarla aquí. Afortunadamente son cosas que van cambiando, aunque poco a poco, de modo que las tareas, tanto domésticas, como laborales, como (lamentablemente) bélicas, van siendo asumidas indistintamente por hombres y mujeres.

A este respecto es muy interesante la película “La chica del puente”, de Patrice Leconte, ya que se trata del encuentro entre dos personas que simbolizan el “eterno femenino” y el “eterno masculino”, el amor y la guerra, de modo que están condenados a no entenderse. Sólo pueden llegar a hacerlo (entenderse) cuando el hombre relaja su “instinto guerrero” y acepta el amor y, de igual modo, la mujer acepta penetrar en los terrenos de la guerra, asumiendo que el amor pueda venir de cualquiera, no de un modelo prefijado.

Probablemente muchas de las tareas domésticas asignadas a la mujer tengan que ver, precisamente, con el amor y el cariño, los cuidados, que ha de prodigar una madre a sus hijos (y, ¿por qué un padre no? ¿verdad?): hacerles la comidita, tejerles la ropita, etc, etc.

Sin embargo, a mí lo de tejer me tiene intrigado, ya que, en realidad se trata de una tarea antropológicamente transversal a ambos géneros: la mujer parece evidente que hubiera de coser... Bueno, en realidad la cosa no es tan evidente, porque puede parecer muy fácil coser una prenda de algodón relativamente fina; no es tan fácil hacerlo con una prenda sintética cuya urdimbre sea muy tupida; pero seguro que era una tortura coser pieles, y la fuerza que se habría de tener no la tienen muchos hombres de ahora, acostumbrados, como están, a manejar los teclados de los ordenadores (aunque tampoco hay que menospreciar el trabajo masturbatorio al frente de los mismos). Pero también en la guerra y en la caza el hombre debía poseer las habilidades necesarias para hacerse un remiendo o coserse un descosido... Claro que... Para que un hombre hubiera de llegar a tal extremo el roto o descosido debería producirse en alguna parte esencial del equipo, básicamente en la mochila o en alguna cincha, ya que si se produce en la ropa o uniforme, le da todavía más caché e importancia a su labor: “mujer, cóseme esto, que me he enganchado en unos zarzales acechando al jabalí” o “mamá, cóseme esto, que se me ha roto al arrastrarme por la pista americana y si me ven así el lunes, me arrestarán”; esto último lo podrían hacer los militronchos que estaban al lado de su casa; pero nosotros, los valientes legionarios destacados en Ceuta... Teníamos toda una floreciente industria de pequeñas empresas dedicadas a las labores textiles para el soldado: “lavandería y remiendos”, “uniformes de ocasión”... A pesar de todo la gente cosía. ¿Y te daban clases de costura? Ni hablar, como si hubieras de ir enseñado (que sería lo lógico, que te enseñara tu madre... o tu padre); te enseñaban los compañeros. A mi no, que ya sabía.

Pero tampoco a mí me enseñó mi madre, ni mi abuela, las dos personas de las que aprendí a coser. Aprendí de ellas de un modo vicario, fijándome. Ahora bien, lo importante del asunto, lo importante de todo esto, es el origen de mi afición. Si me habéis seguido hasta aquí os habréis dado cuenta que he situado dos posibles orígenes en la necesidad de coser, uno para cada género: los cuidados maternos y conyugales para las mujeres y los remiendos militares para los hombres. Sin embargo, yo era un pequeñajo imberbe... cuando... Joder, imberbe seguro, pero con bigote... Recuerdo que sería más o menos a los doce años cuando me empezó a salir bigote, qué tortura: “Ay, mi niño, que ya se está haciendo mayor”, me decían mis tías, “fíjate, si hasta le ha cambiado la voz”, decían los amigos de mis padres. Y yo no quería hacerme mayor, quería seguir viendo los dibujos animados y seguir masturbándome dentro del armario (armario literal, mueble de madera o contrachapado cutre)... En fin, la verdad es que poco ha cambiado desde entonces, matices, salvo que ahora me afeito. Como decía, entonces, yo era un gafotas pequeñajo, imberbe y bigotudo cuando aprendí a coser, mucho antes, pues, de pasar un año en las filas del Glorioso Ejército Español (jua, jua). ¿Cómo diablos aprendí a coser? ¿Dónde están los orígenes de mi habilidad costurera? ¿En la guerra a la que no había ido? ¿En el amor por unos hijos que no tenía, desperdiciados entre las cajas de herramientas de mi abuelo y las de zapatos de mi abuela?

Claro, así formuladas, tales preguntas pueden llevarnos a un camino sin salida, una paradoja o una aporía (que nunca me ha quedado clara la diferencia); pero si relajamos el significado de los términos, si penetramos en el dominio de lo simbólico daremos con la solución: LA GUERRA.

No es que yo fuera de pequeño un demonio con gafas y bigote, pero sí me gustaban los comics, los cuales, a finales de los 70 y principios de los 80 trataban fundamentalmente de superhéroes, no como ahora que tratan de la revolución iraní (“Persépolis”) o la guerra de Bosnia (“Gorazde. Zona Protegida”, otra ZP)... Aunque, a la postre todo trata sobre la guerra, que es a lo que íbamos. Bueno, al caso: los que más me gustaban eran los tebeos de bárbaros, como Conan, piratas y ninjas, es decir, aquellos en los que no se disparaba mucho, sino que se empleaba el cuerpo a cuerpo (por entonces ya llevaría un par de años haciendo Aikido en gimnasio de los Salesianos). Pues bien, estos gustos de preadolescente hicieron que empezara a acumular objetos cortantes, punzantes y/o contundentes: shuriken (estrellas ninja), nunchakus (vulgarmente “luchacos”), manriki-gusari (cadena vulgaris con pesos en los extremos)... Y, aquí viene el quid del asunto, necesitaba algún tipo de funda para todos o cada uno de esos objetos. Evidentemente el primer impulso fue pedirle a mi madre o abuela que me hicieran unas fundas de tales y cuales dimensiones, pero yo, que casi siempre he pensado en la consecuencia de mis actos (salvo cuando hay que actuar rápidamente, que entonces la cago, lo cual no significa que cuando piense no la cague, va a ser todo un problema de diarrea mental), me abstuve de semejante petición inculpatoria, pues revelaría la posesión de armas blancas adquiridas alegalmente y, sobre todo, sin consentimiento paterno... Por cierto, el otro día me regalaron por reyes un juego de katanas; fue toda una sorpresa; se las llevé a Mirguav para que me hiciera unas fotos con ellas pero llegué tarde y lo dejamos para otro día, pero... Mirguav, tírate el rollo y haz unas fotillos a las espadas para que las vea el personal.

Así que fui yo mismo el que se fabricó las fundas para las armas; tres: una larga y estrecha para los nunchakus, otra pequeña y cuadrada para las estrellas y otra tipo bolsa marsupial para la cadena. Como la cadena la usaba para candar la bici (los pesos eran los candados), me desapareció con ésta y la bolsa marsupial acabó como funda de un ajedrez portátil. Los nunchakus se rompieron intentando destrozar un litro de cerveza en el aire: ya sabéis, tiráis el litro al aire y cuando cae le golpeáis con algo, un palo, un bate o unos nunchakus; el problema es que antes has tenido que vaciar el litro... En tu estómago, por supuesto. Las estrellas las tengo todavía; están decorando los laterales de un espejo de baño colocado en un dormitorio con decoración surrealista (tengo un cuadro de una gitana recogido de la basura, saludos a mi amigo freegano, colocado en una esquina superior, entre las dos paredes y el techo, así, inclinado hacia abajo, como si fuera a caerse encima del que duerme)... Antes era peor, tenía una ikurriña y un poster de los WASP (que nunca supe si significaba “We Are Sexual Perverts” o “White Anglo-Saxon Protestant”)... AAAAAhhhhhhh / blaaaaaaaaaaind / in Texaaaaaaaas... (abajo tenéis unos vídeos).

Esos fueron mis primeros trabajos de costura. Si bien mi obra magna llegó en mi época más macarra y anticonsumista, después de volver de la mili. Tenía un par de vaqueros sumamente maltrechos y me puse a zurzirlos con trozos de los pantalones militares que había robado al ejército (¿no me robaron ellos a mí un año?). Fue una obra maestra: uno de los pantalones fue casi completamente forrado por dentro con otro pantalón, lo cual, todo hay que decirlo los dejaba un poco estrechos; le saqué un bolsillo militar con su velcro, le puse otro bolsillo por fuera; y todo eso cosido a mano. Los trabajos posteriores tampoco son de reseñar, poca cosa... Quizá debiera estudiar corte y confección, convertirme en un modisto, aunque con mis gustos horteras medio heavy, medio Loco Mía...









Zanjas profundas en tu mente
Zanjas profundas en tu mundo
Zanjas que nos separan
Zanjas que nos escinden
Zanjas en las que caemos
a veces sin poder salir
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