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viernes, 17 de agosto de 2012
sábado, 11 de agosto de 2012
Publicado por
Mr. Zanjas
Esta semana ha muerto Sancho Gracia, pero para nosotros seguirá siempre
vivo Gracia-s a su interpretación más conocida: la de Curro Jiménez. El
actor supo encarnar como nadie a aquel célebre bandolero de cachicuerna
navaja y naranjero trabuco. Poco nos importa que el personaje de Gracia
no se pareciese al de verdad más que en el nombre, pero lo mismo le
ocurrió a un oscuro señor de la guerra castellano que allá por el
medioevo era aliado de los sarracenos, y que respondía al arábigo título
seudonobiliario de "Cid". La memoria de los tiempos pasados siempre
termina mejorando e idealizándolo todo...Pero esto no será necesario en
el caso del grandioso Sancho Gracia, de voz invitantemente tonante y
bronca, quien sabe si por efecto de los innumerables copazos de
Soberano trasegados o de los incontables trujas fumados...un verdadero
caballero español del siglo XXI, siempre elegante,con sus patillones de
boca de hacha. Confieso que me hubiese encantado compartir con él una
buena frasca de vino andaluz. La conversación surgiría inevitable: el
cine, el arte, las mujeres, los bandidos antiguos y modernos...La vida,
en suma...Pero eso no será ya posible, así que la frasca me la beberé yo
sólo a su memoria. Hubo un tiempo en el que todos quisimos ser Curro
Jiménez, flor de bergantes, amparo de desfavorecidos, y desfacedor de
entuertos, que robaba a los ricos para dárselo a los probes, sí, sí, a
los probes, porque hoy, según el Popular Party, pobres, lo que se dice
pobres, como los de antes, que dibujaba Mingote en ABC, pues no existen.
De
Sancho Jiménez, o Curro Gracia, tanto monta que monta tanto, nos queda
su recuerdo y el benéfico influjo de su espíritu libre...como el de ese
alcalde andaluz, que harto de la miseria de sus paisanos, asaltó en
masa, no hace mucho, un supermercado, llevándose abundantes
comestibles...tanto, los iban a tirar, como hacen siempre todas las
grandes superficies con lo que les sobra... En cierta ocasión me
encontré con la siguiente frase pintarrajeada al lado de la entrada de
un DIA en el barrio de Tirso de Molina: "Róbalo, sabe mejor". La
pintada me hizo sonreir en su día. Hoy ya no tendría en mi el mismo
efecto...La crisis ha llevado a la miseria a muchos, a situaciones
extremas que hacía mucho que no se veían en nuestro país, y ha
constreñido a bastantes a hacer cosas que nunca hubiesen imaginado, como
desvalijar tiendas, ir a comer lo que antes se llamaba la sopa
boba (comer de caridad), o rebuscar en la basura del súper. Tal vez es
por esto que los catalanes, que van siempre por delante en todo,
prácticos e industriosos como son, se han aprestado a colocar candados
en los cubos de desperdicio de sus boyantes negocios... Al enemigo ni
agua, y si es pobre, que se joda, que trabaje. Ah, que dice que no hay
trabajo...Pues que se largue a Alemania, que allí dicen que atan a los
perros con butifarras, que aquí queremos solamente gente de bien-e$...
Lo dicho, amigos, todos queremos tener curro, porque la alternativa no es otra que ser Curro, Curro Jiménez...
Descansa en paz, amigo.
Querido Sancho
Esta semana ha muerto Sancho Gracia, pero para nosotros seguirá siempre
vivo Gracia-s a su interpretación más conocida: la de Curro Jiménez. El
actor supo encarnar como nadie a aquel célebre bandolero de cachicuerna
navaja y naranjero trabuco. Poco nos importa que el personaje de Gracia
no se pareciese al de verdad más que en el nombre, pero lo mismo le
ocurrió a un oscuro señor de la guerra castellano que allá por el
medioevo era aliado de los sarracenos, y que respondía al arábigo título
seudonobiliario de "Cid". La memoria de los tiempos pasados siempre
termina mejorando e idealizándolo todo...Pero esto no será necesario en
el caso del grandioso Sancho Gracia, de voz invitantemente tonante y
bronca, quien sabe si por efecto de los innumerables copazos de
Soberano trasegados o de los incontables trujas fumados...un verdadero
caballero español del siglo XXI, siempre elegante,con sus patillones de
boca de hacha. Confieso que me hubiese encantado compartir con él una
buena frasca de vino andaluz. La conversación surgiría inevitable: el
cine, el arte, las mujeres, los bandidos antiguos y modernos...La vida,
en suma...Pero eso no será ya posible, así que la frasca me la beberé yo
sólo a su memoria. Hubo un tiempo en el que todos quisimos ser Curro
Jiménez, flor de bergantes, amparo de desfavorecidos, y desfacedor de
entuertos, que robaba a los ricos para dárselo a los probes, sí, sí, a
los probes, porque hoy, según el Popular Party, pobres, lo que se dice
pobres, como los de antes, que dibujaba Mingote en ABC, pues no existen.
De
Sancho Jiménez, o Curro Gracia, tanto monta que monta tanto, nos queda
su recuerdo y el benéfico influjo de su espíritu libre...como el de ese
alcalde andaluz, que harto de la miseria de sus paisanos, asaltó en
masa, no hace mucho, un supermercado, llevándose abundantes
comestibles...tanto, los iban a tirar, como hacen siempre todas las
grandes superficies con lo que les sobra... En cierta ocasión me
encontré con la siguiente frase pintarrajeada al lado de la entrada de
un DIA en el barrio de Tirso de Molina: "Róbalo, sabe mejor". La
pintada me hizo sonreir en su día. Hoy ya no tendría en mi el mismo
efecto...La crisis ha llevado a la miseria a muchos, a situaciones
extremas que hacía mucho que no se veían en nuestro país, y ha
constreñido a bastantes a hacer cosas que nunca hubiesen imaginado, como
desvalijar tiendas, ir a comer lo que antes se llamaba la sopa
boba (comer de caridad), o rebuscar en la basura del súper. Tal vez es
por esto que los catalanes, que van siempre por delante en todo,
prácticos e industriosos como son, se han aprestado a colocar candados
en los cubos de desperdicio de sus boyantes negocios... Al enemigo ni
agua, y si es pobre, que se joda, que trabaje. Ah, que dice que no hay
trabajo...Pues que se largue a Alemania, que allí dicen que atan a los
perros con butifarras, que aquí queremos solamente gente de bien-e$...
Lo dicho, amigos, todos queremos tener curro, porque la alternativa no es otra que ser Curro, Curro Jiménez...
Descansa en paz, amigo.
jueves, 9 de agosto de 2012
Publicado por
Mr. Zanjas
Uno
de los capítulos más patéticos del señor Krutch trata del tema
del amor. Parece que los Victorianos tenían un concepto muy elevado
del amor, pero que nosotros, con nuestra sofisticación moderna, lo
hemos perdido. «Para los Victorianos más escépticos, el amor
cumplía algunas de las funciones del Dios que habían perdido. Ante
él, muchos, incluso los más curtidos, se volvían místicos por un
momento. Se encontraban en presencia de algo que despertaba en ellos
esa sensación de reverencia que ninguna otra cosa produce, algo ante
lo que sentían, aunque fuera en lo más profundo de su ser, que se
le debía una lealtad a toda prueba. Para ellos, el amor, como Dios,
exigía toda clase de sacrificios; pero, también como Él, premiaba
al creyente infundiendo en todos los fenómenos de la vida un
significado que aún está por analizar. Nos hemos acostumbrado —más
que ellos— a un universo sin Dios, pero aún no nos hemos
acostumbrado a un universo donde tampoco haya amor, y sólo cuando
nos acostumbremos nos daremos cuenta de lo que significa realmente el
ateísmo». Es curioso lo diferente que parece la época victoriana a
los jóvenes de nuestro tiempo, en comparación con lo que parecía
cuando uno vivía en ella. Recuerdo a dos señoras mayores, ambas
típicas de ciertos aspectos del período, que conocí cuando era
joven. Una era puritana y la otra seguidora de Voltaire. La primera
se lamentaba de que hubiera tanta poesía que trataba del amor,
siendo éste, según ella, un tema sin interés. La segunda comentó:
«De mí, nadie podrá decir nada, pero yo siempre digo que no es tan
malo violar el sexto mandamiento como violar el séptimo, porque al
fin y al cabo se necesita el consentimiento de la otra parte».
Ninguna de estas opiniones coincidía con lo que el señor Krutch
presenta como típicamente Victoriano. Evidentemente, ha sacado sus
ideas de ciertos autores que no estaban, ni mucho menos, en armonía
con su ambiente. El mejor ejemplo, supongo, es Robert Browning. Sin
embargo, no puedo evitar estar convencido de que hay algo que atufa
en su concepto del amor.
Gracias
a Dios, la más ruin de sus criaturas
puede jactarse de tener dos
facetas en su alma:
una con la que se enfrenta al mundo
y otra que
mostrar a una mujer cuando la ama.
Esto
da por supuesto que la combatividad es la única actitud posible
hacia el mundo en general. ¿Por qué? Porque el mundo es cruel,
diría Browning. Porque no te aceptará con el valor que tú te
atribuyes, diríamos nosotros. Una pareja puede formar, como hicieron
los Browning, una sociedad de admiración mutua. Es muy agradable
tener a mano a alguien que siempre va a elogiar tu obra, tanto si lo
merece como si no. Y no cabe duda de que Browning se consideraba un
buen tipo, todo un hombre, cuando denunció a Fitzgerald en términos
nada moderados por haberse atrevido a no admirar a Aurora Leigh. Pero
no me parece que esta completa suspensión de la facultad crítica
por ambas partes sea verdaderamente admirable. Está muy relacionada
con el miedo y con el deseo de encontrar un refugio contra las frías
ráfagas de la crítica imparcial. Muchos solterones aprenden a
obtener la misma satisfacción en su propio hogar. Yo viví demasiado
tiempo en la época victoriana para ser moderno según los criterios
del señor Krutch. No he dejado de creer en el amor, ni mucho menos,
pero la clase de amor en que creo no es del tipo que admiraban los
Victorianos; es aventurero y siempre alerta, y aunque es consciente
de lo bueno, eso no significa que ignore lo malo, ni pretende ser
sagrado o santo. La atribución de estas cualidades al tipo de amor
que se admiraba fue una consecuencia del tabú del sexo. Los
Victorianos estaban plenamente convencidos de que casi todo el sexo
es malo, y tenían que aplicar adjetivos exagerados a las modalidades
que podían aprobar. Había más hambre de sexo que ahora, y esto,
sin duda, hacía que la gente exagerara la importancia del sexo, como
han hecho siempre los ascéticos. En la actualidad, atravesamos un
período algo confuso, en el que mucha gente ha prescindido de los
antiguos criterios sin adoptar otros nuevos. Esto les ha ocasionado
diversos problemas, y como su subconsciente, en general, sigue
creyendo en los viejos criterios, los problemas, cuando surgen,
provocan desesperación, remordimiento y cinismo. No creo que sea muy
grande el número de personas a las que les sucede esto, pero son de
las que más ruido hacen en nuestra época. Creo que si comparásemos
la juventud acomodada de nuestra época con la de la época
victoriana, veríamos que ahora hay mucha más felicidad en relación
con el amor, y mucha más fe auténtica en el valor del amor que hace
sesenta años. Las razones que empujan al cinismo a ciertas personas
tienen que ver con el predominio de los viejos ideales sobre el
subconsciente y con la ausencia de una ética racional que permita a
la gente de nuestros días regular su conducta. El remedio no está
en lamentarse y sentir nostalgia del pasado, sino en aceptar
valerosamente el concepto moderno y decidirse a arrancar de raíz, en
todos sus oscuros escondites, las supersticiones oficialmente
descartadas.
No
es fácil decir en pocas palabras por qué valora uno el amor; no
obstante, lo voy a intentar. El amor hay que valorarlo en primer
lugar —y este, aunque no es su mayor valor, es imprescindible para
todos los demás— como fuente de placer en sí mismo.
¡Oh,
amor! Qué injustos son contigo
los que dicen que tu dulzura es
amarga,
cuando tus ricos frutos son de tal manera
que no puede
existir nada tan dulce.
El
autor anónimo de estos versos no buscaba una solución para el
ateísmo, ni la clave del universo; estaba simplemente pasándoselo
bien. Y el amor no sólo es una fuente de placer, sino que su
ausencia es una fuente de dolor. En segundo lugar, el amor hay que
valorarlo porque acentúa todos los mejores placeres, como el de la
música, el de la salida del sol en las montañas y el del mar bajo
la luna llena. Un hombre que nunca haya disfrutado de las cosas
bellas en compañía de una mujer a la que ama, no ha experimentado
plenamente el poder mágico del que son capaces dichas cosas. Además,
el amor es capaz de romper la dura concha del ego, ya que es una
forma de cooperación biológica en la que se necesitan las emociones
de cada uno para cumplir los objetivos instintivos del otro. Se han
dado en el mundo, en diversas épocas, varias filosofías de la
soledad, algunas muy nobles y otras menos. Los estoicos y los
primeros cristianos creían que el hombre podía experimentar el bien
supremo que se puede experimentar en la vida humana mediante el
simple ejercicio de su propia voluntad o, en cualquier caso, sin
ayuda humana; otros han tenido como único objetivo de su vida el
poder, y otros el mero placer personal. Todos estos son filósofos
solitarios, en el sentido de suponer que el bien es algo realizable
en cada persona por separado, y no sólo en una sociedad de personas
más grande o más pequeña. En mi opinión, todos estos puntos de
vista son falsos, y no sólo en teoría ética, sino como expresiones
de la mejor parte de nuestros instintos. El hombre depende de la
cooperación, y la naturaleza le ha dotado, es cierto que no del todo
bien, con el aparato instintivo del que puede surgir la cordialidad
necesaria para la cooperación. El amor es la primera y la más común
de las formas de emoción que facilitan la cooperación, y los que
han experimentado el amor con cierta intensidad no se conformarán
con una filosofía que suponga que el mayor bien consiste en ser
independiente de la persona amada. En este aspecto, el amor de los
padres es aún más poderoso, pero en los mejores casos el
sentimiento parental es consecuencia del amor entre los padres. No
pretendo decir que el amor, en su forma más elevada, sea algo común,
pero sí sostengo que en su forma más elevada revela valores que de
otro modo no se llegarían a conocer, y que posee en sí mismo un
valor al que no afecta el escepticismo, por mucho que los escépticos
incapaces de experimentarlo atribuyan falsamente su incapacidad a su
escepticismo.
El
amor verdadero es un fuego perdurable
que arde eternamente en la
mente.
Nunca enferma, nunca muere, nunca se enfría,
nunca se niega a
sí mismo.
Bertrand RUSSELL, La conquista de la felicidad.
Bertrand Russell: sobre el amor
Uno
de los capítulos más patéticos del señor Krutch trata del tema
del amor. Parece que los Victorianos tenían un concepto muy elevado
del amor, pero que nosotros, con nuestra sofisticación moderna, lo
hemos perdido. «Para los Victorianos más escépticos, el amor
cumplía algunas de las funciones del Dios que habían perdido. Ante
él, muchos, incluso los más curtidos, se volvían místicos por un
momento. Se encontraban en presencia de algo que despertaba en ellos
esa sensación de reverencia que ninguna otra cosa produce, algo ante
lo que sentían, aunque fuera en lo más profundo de su ser, que se
le debía una lealtad a toda prueba. Para ellos, el amor, como Dios,
exigía toda clase de sacrificios; pero, también como Él, premiaba
al creyente infundiendo en todos los fenómenos de la vida un
significado que aún está por analizar. Nos hemos acostumbrado —más
que ellos— a un universo sin Dios, pero aún no nos hemos
acostumbrado a un universo donde tampoco haya amor, y sólo cuando
nos acostumbremos nos daremos cuenta de lo que significa realmente el
ateísmo». Es curioso lo diferente que parece la época victoriana a
los jóvenes de nuestro tiempo, en comparación con lo que parecía
cuando uno vivía en ella. Recuerdo a dos señoras mayores, ambas
típicas de ciertos aspectos del período, que conocí cuando era
joven. Una era puritana y la otra seguidora de Voltaire. La primera
se lamentaba de que hubiera tanta poesía que trataba del amor,
siendo éste, según ella, un tema sin interés. La segunda comentó:
«De mí, nadie podrá decir nada, pero yo siempre digo que no es tan
malo violar el sexto mandamiento como violar el séptimo, porque al
fin y al cabo se necesita el consentimiento de la otra parte».
Ninguna de estas opiniones coincidía con lo que el señor Krutch
presenta como típicamente Victoriano. Evidentemente, ha sacado sus
ideas de ciertos autores que no estaban, ni mucho menos, en armonía
con su ambiente. El mejor ejemplo, supongo, es Robert Browning. Sin
embargo, no puedo evitar estar convencido de que hay algo que atufa
en su concepto del amor.
Gracias
a Dios, la más ruin de sus criaturas
puede jactarse de tener dos
facetas en su alma:
una con la que se enfrenta al mundo
y otra que
mostrar a una mujer cuando la ama.
Esto
da por supuesto que la combatividad es la única actitud posible
hacia el mundo en general. ¿Por qué? Porque el mundo es cruel,
diría Browning. Porque no te aceptará con el valor que tú te
atribuyes, diríamos nosotros. Una pareja puede formar, como hicieron
los Browning, una sociedad de admiración mutua. Es muy agradable
tener a mano a alguien que siempre va a elogiar tu obra, tanto si lo
merece como si no. Y no cabe duda de que Browning se consideraba un
buen tipo, todo un hombre, cuando denunció a Fitzgerald en términos
nada moderados por haberse atrevido a no admirar a Aurora Leigh. Pero
no me parece que esta completa suspensión de la facultad crítica
por ambas partes sea verdaderamente admirable. Está muy relacionada
con el miedo y con el deseo de encontrar un refugio contra las frías
ráfagas de la crítica imparcial. Muchos solterones aprenden a
obtener la misma satisfacción en su propio hogar. Yo viví demasiado
tiempo en la época victoriana para ser moderno según los criterios
del señor Krutch. No he dejado de creer en el amor, ni mucho menos,
pero la clase de amor en que creo no es del tipo que admiraban los
Victorianos; es aventurero y siempre alerta, y aunque es consciente
de lo bueno, eso no significa que ignore lo malo, ni pretende ser
sagrado o santo. La atribución de estas cualidades al tipo de amor
que se admiraba fue una consecuencia del tabú del sexo. Los
Victorianos estaban plenamente convencidos de que casi todo el sexo
es malo, y tenían que aplicar adjetivos exagerados a las modalidades
que podían aprobar. Había más hambre de sexo que ahora, y esto,
sin duda, hacía que la gente exagerara la importancia del sexo, como
han hecho siempre los ascéticos. En la actualidad, atravesamos un
período algo confuso, en el que mucha gente ha prescindido de los
antiguos criterios sin adoptar otros nuevos. Esto les ha ocasionado
diversos problemas, y como su subconsciente, en general, sigue
creyendo en los viejos criterios, los problemas, cuando surgen,
provocan desesperación, remordimiento y cinismo. No creo que sea muy
grande el número de personas a las que les sucede esto, pero son de
las que más ruido hacen en nuestra época. Creo que si comparásemos
la juventud acomodada de nuestra época con la de la época
victoriana, veríamos que ahora hay mucha más felicidad en relación
con el amor, y mucha más fe auténtica en el valor del amor que hace
sesenta años. Las razones que empujan al cinismo a ciertas personas
tienen que ver con el predominio de los viejos ideales sobre el
subconsciente y con la ausencia de una ética racional que permita a
la gente de nuestros días regular su conducta. El remedio no está
en lamentarse y sentir nostalgia del pasado, sino en aceptar
valerosamente el concepto moderno y decidirse a arrancar de raíz, en
todos sus oscuros escondites, las supersticiones oficialmente
descartadas.
No
es fácil decir en pocas palabras por qué valora uno el amor; no
obstante, lo voy a intentar. El amor hay que valorarlo en primer
lugar —y este, aunque no es su mayor valor, es imprescindible para
todos los demás— como fuente de placer en sí mismo.
¡Oh,
amor! Qué injustos son contigo
los que dicen que tu dulzura es
amarga,
cuando tus ricos frutos son de tal manera
que no puede
existir nada tan dulce.
El
autor anónimo de estos versos no buscaba una solución para el
ateísmo, ni la clave del universo; estaba simplemente pasándoselo
bien. Y el amor no sólo es una fuente de placer, sino que su
ausencia es una fuente de dolor. En segundo lugar, el amor hay que
valorarlo porque acentúa todos los mejores placeres, como el de la
música, el de la salida del sol en las montañas y el del mar bajo
la luna llena. Un hombre que nunca haya disfrutado de las cosas
bellas en compañía de una mujer a la que ama, no ha experimentado
plenamente el poder mágico del que son capaces dichas cosas. Además,
el amor es capaz de romper la dura concha del ego, ya que es una
forma de cooperación biológica en la que se necesitan las emociones
de cada uno para cumplir los objetivos instintivos del otro. Se han
dado en el mundo, en diversas épocas, varias filosofías de la
soledad, algunas muy nobles y otras menos. Los estoicos y los
primeros cristianos creían que el hombre podía experimentar el bien
supremo que se puede experimentar en la vida humana mediante el
simple ejercicio de su propia voluntad o, en cualquier caso, sin
ayuda humana; otros han tenido como único objetivo de su vida el
poder, y otros el mero placer personal. Todos estos son filósofos
solitarios, en el sentido de suponer que el bien es algo realizable
en cada persona por separado, y no sólo en una sociedad de personas
más grande o más pequeña. En mi opinión, todos estos puntos de
vista son falsos, y no sólo en teoría ética, sino como expresiones
de la mejor parte de nuestros instintos. El hombre depende de la
cooperación, y la naturaleza le ha dotado, es cierto que no del todo
bien, con el aparato instintivo del que puede surgir la cordialidad
necesaria para la cooperación. El amor es la primera y la más común
de las formas de emoción que facilitan la cooperación, y los que
han experimentado el amor con cierta intensidad no se conformarán
con una filosofía que suponga que el mayor bien consiste en ser
independiente de la persona amada. En este aspecto, el amor de los
padres es aún más poderoso, pero en los mejores casos el
sentimiento parental es consecuencia del amor entre los padres. No
pretendo decir que el amor, en su forma más elevada, sea algo común,
pero sí sostengo que en su forma más elevada revela valores que de
otro modo no se llegarían a conocer, y que posee en sí mismo un
valor al que no afecta el escepticismo, por mucho que los escépticos
incapaces de experimentarlo atribuyan falsamente su incapacidad a su
escepticismo.
El
amor verdadero es un fuego perdurable
que arde eternamente en la
mente.
Nunca enferma, nunca muere, nunca se enfría,
nunca se niega a
sí mismo.
Bertrand RUSSELL, La conquista de la felicidad.
sábado, 4 de agosto de 2012
Publicado por
Mr. Zanjas
Hoy es tiempo de nostalgia. Intentando calmar a Rafael me he puesto a bailar con él al ritmo de los Ángeles del Infierno (también por aquello de irle condicionando y aleccionando en el gusto por el rock).
Pues bien, a pesar de que la mayoría de las canciones de este grupo son cañeras, hay un par de baladas ("los heavies también tenemos nuestro corazoncito") que me llegan hondo, probablemente porque las escuchaba en mi juventud.
Especialmente significativa es "Al otro lado del silencio" (la primera en la playlist que está sonando), una canción que habla sobre los amigos y/o los amores perdidos. Esta canción siempre me gustó, pero el paso de los años le fue cargando con significados personales:
Curiosamente, aunque por diversos motivos, todas estas muertes tienen relación con los automóviles.
No está mal, de vez en cuando, acordarse de los muertos, para que algo de ellos continúe vivo en nosotros. Los creyentes, además, podéis rezar una oración por sus almas. Yo soy ateo.
Unos nacen y otros mueren, es el ritmo de la vida, ¿verdad Rafa?.
_______________________________________________________
Contestación de Mr. JR desde el más allá (Bolonia):
Caro Papaquito,
El diccionario de la Republicana Academia
Española de la Lengua define la palabra Escatología con dos entradas. La
primera, más espiritual, hace alusión a todo lo que tiene que ver con
el más allá, la vida ultraterrena, lo que hay tras la muerte, la otra
vida, o como quieras llamarlo, La segunda, mucho más mundana, tiene que
ver con todo lo excrementicio y desechable de nuestro cuerpo. Cual es el
nexo que enlaza ambas definiciones podría ser un interesante ejercicio
para presentes o futuras reflexiones...
Coincido contigo en que
está bien de vez en cuando evocar a nuestros finados...Ellos nos
hicieron mejores, de un modo u otro, y de alguna manera también, en
nosotros continúan vivos...y, aunque cueste aceptarlo, la muerte forma
parte de la vida, de nosotros mismos...El grasiento choricillo que está
haciendo las delicias de mi paladar y que fue mi merienda, está
obturando lenta e inexorablemente mis venas con malsanos colesteroles
que quizás algún día me lleven a la tumba...no somos ni replicantes, ni
vampiros, ni inmortales...
Pero no voy a ponerme a filosofar a
martillazos, ni a exponer una hermenéutica epistemologizada del ideal
platónico del mundo del eidoon... que eso lo sabrás hacer tu mejor: voy a
echarte la bronca por no poner más fotos del crío en tu blog. Que no es
Andreíta Janeiro, coño...
Tronco, me cago en la puta hostia,
acabas de ser papá, ¿y nos vienes con una de muertos? Tus lectores
esperábamos algo sobre caquitas, pañales, calostros, chorros de pis,
meconios, mucosidades, regüeldos, vientos internos, etc, etc, etc,
vamos, las delicias de ser papá, en resumen, otro tipo de escatología,
chaval. Venga, cuéntanos esas historias tan bonitas sobre cómo te
manejas con el sacaleches ese que se parece a una pipa de crack, o sobre
las maravillosas noches de imaginaria que seguramente estarás
pasando...Se agradece foto de familia, y por cierto, el 99 % de los
lactantes prefiere a Iron Maiden...
Tuyo siempre, JR
Tiempo de nostalgia
Hoy es tiempo de nostalgia. Intentando calmar a Rafael me he puesto a bailar con él al ritmo de los Ángeles del Infierno (también por aquello de irle condicionando y aleccionando en el gusto por el rock).
Pues bien, a pesar de que la mayoría de las canciones de este grupo son cañeras, hay un par de baladas ("los heavies también tenemos nuestro corazoncito") que me llegan hondo, probablemente porque las escuchaba en mi juventud.
Especialmente significativa es "Al otro lado del silencio" (la primera en la playlist que está sonando), una canción que habla sobre los amigos y/o los amores perdidos. Esta canción siempre me gustó, pero el paso de los años le fue cargando con significados personales:
- Marcos, amigo desde la adolescencia de muchos de nosotros, caído por obra y gracia de la bipolaridad bajo las ruedas de un camión.
- Luis, primo hermano, policía caído por obra y gracia de la sinrazón terrorista ante un coche-bomba.
- Gaizka, compañero de la facultad, caído en Reno (Nevada, USA) por obra y gracia de ansiolíticos ajenos bajo las ruedas de un todoterreno cuando volvía a su casa en bicicleta tras escribirnos un e-mail.
- Sergio, hijo de una amiga, caído en accidente de tráfico.
Curiosamente, aunque por diversos motivos, todas estas muertes tienen relación con los automóviles.
No está mal, de vez en cuando, acordarse de los muertos, para que algo de ellos continúe vivo en nosotros. Los creyentes, además, podéis rezar una oración por sus almas. Yo soy ateo.
Unos nacen y otros mueren, es el ritmo de la vida, ¿verdad Rafa?.
_______________________________________________________
Contestación de Mr. JR desde el más allá (Bolonia):
Caro Papaquito,
El diccionario de la Republicana Academia
Española de la Lengua define la palabra Escatología con dos entradas. La
primera, más espiritual, hace alusión a todo lo que tiene que ver con
el más allá, la vida ultraterrena, lo que hay tras la muerte, la otra
vida, o como quieras llamarlo, La segunda, mucho más mundana, tiene que
ver con todo lo excrementicio y desechable de nuestro cuerpo. Cual es el
nexo que enlaza ambas definiciones podría ser un interesante ejercicio
para presentes o futuras reflexiones...
Coincido contigo en que
está bien de vez en cuando evocar a nuestros finados...Ellos nos
hicieron mejores, de un modo u otro, y de alguna manera también, en
nosotros continúan vivos...y, aunque cueste aceptarlo, la muerte forma
parte de la vida, de nosotros mismos...El grasiento choricillo que está
haciendo las delicias de mi paladar y que fue mi merienda, está
obturando lenta e inexorablemente mis venas con malsanos colesteroles
que quizás algún día me lleven a la tumba...no somos ni replicantes, ni
vampiros, ni inmortales...
Pero no voy a ponerme a filosofar a
martillazos, ni a exponer una hermenéutica epistemologizada del ideal
platónico del mundo del eidoon... que eso lo sabrás hacer tu mejor: voy a
echarte la bronca por no poner más fotos del crío en tu blog. Que no es
Andreíta Janeiro, coño...
Tronco, me cago en la puta hostia,
acabas de ser papá, ¿y nos vienes con una de muertos? Tus lectores
esperábamos algo sobre caquitas, pañales, calostros, chorros de pis,
meconios, mucosidades, regüeldos, vientos internos, etc, etc, etc,
vamos, las delicias de ser papá, en resumen, otro tipo de escatología,
chaval. Venga, cuéntanos esas historias tan bonitas sobre cómo te
manejas con el sacaleches ese que se parece a una pipa de crack, o sobre
las maravillosas noches de imaginaria que seguramente estarás
pasando...Se agradece foto de familia, y por cierto, el 99 % de los
lactantes prefiere a Iron Maiden...
Tuyo siempre, JR
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